Posteado por: meriloco | julio 8, 2008

¡Viva la Tecnobasura!

 

Nuestra afición por la informática y los gadgets se está cobrando un alto precio: un enorme volumen de desperdicios electrónicos. ¿Es el reciclado la solución o sólo sirve para paliar el problema?

Realmente, impresiona la rapidez con que un refrigerador puede quedar convertido en papilla. Apenas pasan tres minutos desde que la cinta transportadora deja caer la pesada nevera sobre los rodillos, y las 240 cuchillas de acero, cada una de ellas gruesa como una pezuña de elefante, la desmenuzan hasta dejarla reducida a un montón de trozos de metal no más grandes que un encendedor. Sí, la máquina trabaja deprisa, pero es que no tiene más remedio: hay más neveras esperando turno para ser destruidas. Muchas. Hasta 900 al día, según puede leerse en el marcador digital que fija los objetivos de trabajo para la jornada. Y es raro que no se cumplan.

 

Dentro de la inmensa nave industrial, cintas paralelas hacen lo propio con televisores, lavadoras y aparatos de aire acondicionado. El proceso de destrucción sólo se interrumpe cuando comienza a sonar una musiquilla por los altavoces de cada sección, y los obreros que lo controlan desaparecen como un solo hombre. Es la pausa. Vale para ir al baño, a tomar un té o a fumar un cigarrillo fuera. Como en el juego de las sillas, cuando cesa la música, hay que estar de vuelta en el trabajo. Puede que sea la confirmación del tópico sobre la laboriosidad de los japoneses, pero aquí, en la planta de reciclado Metec, en las afueras de Osaka, se toman su trabajo muy en serio. Y su trabajo consiste en aprovechar el mayor porcentaje de componentes, siguiendo las normas sobre reciclado vigentes en Japón desde 2001. Los metales que forman la gravilla que sale de las trituradoras serán después separados según su peso y utilizados para fabricar componentes de nuevos electrodomésticos u objetos tan variados como mesas, vasos o útiles de papelería. Cuando un aparato es destruido, previamente se le han extraído todos los componentes que puedan resultar dañinos para el medio ambiente –como el clorofluorocarbono de las neveras o los restos de agua con detergente de las lavadoras– y los plásticos no reutilizables, así que todo lo que cae en la trituradora es material reciclable. “El 80% de una nevera se puede reciclar”, declara a MUY Yutaka Horinouchi, director general asociado de Metec. “Pero estamos investigando para buscar maneras de reutilizar también el otro 20%”.

Metec es uno de los 47 centros de reciclado de aparatos electrónicos que hay en Japón; tiene la particularidad de ser el único que es propiedad directa de una empresa fabricante, el grupo Matsushita, más conocido por sus marcas estrella JVC, Technics y sobre todo Panasonic. El resto de los gigantes de la electrónica nipona prefieren, de momento, subcontratar, aunque algunos están preparando también sus propias plantas de reciclado. No les va a faltar trabajo. Si la necesidad de reaprovecharlo todo sacude el planeta desde hace ya unas cuantas décadas, en el apartado de la electrónica de consumo esa necesidad se ha convertido en un problema cuyas dimensiones no paran de crecer.

No existen cifras oficiales sobre cuánta basura tecnológica se genera en el mundo, aunque diversas fuentes la sitúan entre las 20.000 y 50.000 toneladas cada año. Pero en lo que sí hay unanimidad es en que va en aumento. Electrónica e informática se han convertido en uno de los principales objetos de consumo de la sociedad occidental, y además con una tendencia creciente casi a usar y tirar. No es sólo que cada vez compremos más gadgets, sino que cada vez nos duran menos. Un informe elaborado por Greenpeace establece que “los residuos electrónicos son actualmente el componente que crece a mayor velocidad en el campo de los residuos sólidos, porque la gente cambia con mucha más frecuencia que antes de teléfono móvil, ordenador, televisor, equipo de audio o impresora”. El mismo informe señala que el tiempo medio de vida de un ordenador en los países desarrollados pasó de seis años en 1997 a sólo dos en 2005, y que un teléfono móvil tiene por término medio una vida útil inferior a dos años.

La organización ecologista no es la única que maneja cifras de este tipo: una encuesta realizada en 2007 por la cadena The Phone House calculó que los programas de puntos y las ofertas para cambiar de operadora mueven a los españoles a hacerse con un móvil nuevo cada doce meses, o incluso menos; y han pasado los tiempos en que un televisor, para ser considerado de buena calidad, debía permanecer en el salón de casa un mínimo de una década; ahora apenas llegan a los cuatro años.

Y es que la tecnología es cambiante, y barata. Cada vez más. Aparecidos a finales del pasado siglo, los primeros televisores de plasma costaban más de dos millones de pesetas; menos de una década después, pueden comprarse por 1.200 euros. Reducciones similares se han dado en DVDs, ordenadores o cámaras digitales. Y los teléfonos móviles, directamente, se regalan o se ofrecen con enormes descuentos con sólo cambiar de operador. “Son productos cuya tecnología madura enseguida porque surgen otros nuevos que los sustituyen”, declara a MUY José Pérez García, director general de la Asociación Multisectorial de Empresas Españolas de Electrónica y Comunicaciones (Asimelec). “Esto da lugar a que haya un plazo de reposición de equipos relativamente corto”. Tan corto, que no es raro que la gente se deshaga de ellos incluso antes de que dejen de funcionar. En su libro Made to break. Technology and obsolescence In America (“Hecho para romperse. Tecnología y obsolescencia en América”), Giles Slade calculó que en 2004 los norteamericanos tiraron a la basura 315 millones de ordenadores personales, el 90% de los cuales estaba en perfecto estado.

Durante muchos años, no ha habido excesiva conciencia colectiva sobre dónde iban a parar los aparatos de los que nos deshacíamos tan alegremente. Muchos cogían polvo en los basureros, pero otros fueron enviados a zonas del mundo donde se dedicaban a aprovechar lo que los occidentales no querían. Como recogió en 2002 el demoledor informe Exporting Harm: the high-tech trashing of Asia (“Exportando el daño: el envilecimiento tecnológico de Asia”), elaborado por la Coalición de Tóxicos de Silicon Valley y The Basel Action Network, la India, Pakistán y muy especialmente China fueron acogiendo en su terreno todo tipo de aparatos. Algunas de estas acumulaciones de basura han acabado engullendo a las poblaciones que las albergan, como es el caso de Giuyu, en China, considerada la principal “ciudad tóxica” del mundo, donde las infraviviendas y las pilas de tecnodesperdicios se han mezclado hasta hacerse indistinguibles. Se calcula que un millón de toneladas de basura electrónica se recicla aquí cada año, al margen de controles sanitarios o legales, pues ninguno de sus 100.000 trabajadores lleva protección cuando quema cables de PVC para extraer el cobre que contienen, y nadie impide que el ácido empleado para deshacer las placas base en busca de metales preciosos se vierta en los ríos una vez utilizado. Como consecuencia, en la población se multiplican los casos de afecciones cutáneas, mareos, úlceras o gastritis, además de elevados niveles de plomo en sangre, de los que no se libran ni los niños, pues no queda una sola fuente de agua sin contaminar.

Giuyu es el caso más espectacular, pero no el único: el pasado otoño, el periódico oficial Diario del Pueblo declaró a China “el mayor vertedero de basura electrónica del mundo”, y citó un informe de la Comisión Académica del Centro de Estudios de la Política Medioambiental y Económica, según el cual el país podía ser el receptor de hasta el 70% de la tecnobasura que se produce en el planeta. Durante algunos años, esta fue la práctica más habitual de Occidente a la hora de tratar su basura digital: llevársela lejos. “Evidentemente, había algunas empresas que establecían unos esquemas de recogida de equipos al final de su vida útil. Pero era una práctica que se hacía sin control, de manera unilateral… Había una cierta anarquía en ese tema, aunque algunas tuvieran muy buenas intenciones y de manera incipiente empezaran a afrontar correctamente esta materia”, declara José Pérez García.

El problema es que un teléfono móvil, un ordenador o un televisor se resisten más al reciclado que una botella o el MUY del mes pasado. Los aparatos electrónicos tienen componentes perjudiciales para la salud humana. La Guía para el Reciclado Sostenible de Basura Electrónica, elaborada por la Secretaría de Estado para Asuntos Económicos de Suiza, presenta una lista de materiales tóxicos y peligrosos tan amplia como alarmante: el arsénico, cuya exposición puede causar enfermedades de la piel o cáncer de pulmón, y se encuentra en los diodos emisores de luz; el bario, que se convierte en óxido tóxico en contacto con el aire y puede afectar a los músculos, el hígado o el corazón, y vive en los tubos catódicos de televisores y ordenadores viejos; el cadmio, cuya exposición prolongada se relaciona con el cáncer pulmonar, enfisema, daños renales y osteoporosis, y está presente en baterías de níquel-cadmio, tóneres y tintas de impresora. Entre otros muchos.

La Comisión Europea promulgó en 2005 la directiva WEEE (Waste Electrical and Electronic Equipment) para establecer la forma en que estos aparatos debían ser tratados, restringiendo el uso de sustancias peligrosas en su fabricación y fomentando el reciclado del mayor porcentaje posible de sus piezas. Materiales como el plomo, el mercurio o el cadmio, entre otros, están prohibidos desde julio de 2006. Por su parte, el Convenio de Basilea, firmado en 1994, ha intentado poner freno a la exportación incontrolada de residuos peligrosos, estableciendo vetos y normas estrictas para su embalaje, transporte y eliminación.

Pero las leyes, en muchos casos, están para saltárselas. El Convenio de Basilea –que algunos países, como Estados Unidos, ni siquiera han firmado– no ha podido impedir que la exportación ilegal de tecnorresiduos siga siendo un negocio redondo en países donde los comerciantes cobran por recibirlos y luego sacan más beneficios reciclando irregularmente las piezas. Y la prohibición de materiales tóxicos poco puede hacer con los millones de aparatos que aún los contienen y que en los próximos años llegarán al final de su vida útil. En la planta de Osaka limitan su actividad a los productos cuyo reciclado está fijado por la ley medioambiental de Japón, pero al mismo tiempo trabajan para preparar el futuro; tarde o temprano habrá que empezar a reciclar televisores de plasma. Hace años que el plomo fue retirado de sus componentes, lo que permitirá “reciclarlos casi por completo”, declara a MUY Hiroyuki Okada, director del Grupo de Protección Ambiental de Panasonic. De momento, son las antiguas televisiones de tubo las que plantean problemas: el vidrio de sus pantallas sólo puede utilizarse para fabricar más pantallas de tubo. La solución temporal es exportarlo a Malasia o Tailandia, donde todavía se siguen haciendo televisiones a la antigua usanza, pero a medida que el plasma y el LCD lleguen a todos los países, el vidrio puede acabar convirtiéndose en un material inservible. De momento, Matsuhista investiga posibles usos alternatvos, como componente de paredes y suelos.

Otros desperdicios no se reutilizan porque, sencillamente, nunca llegan al proceso de reciclado. Enrique Montero, profesor de tecnología electrónica de la Universidad de Cádiz, denuncia el problema de “las tecnologías que van quedando obsoletas y que son sustituidas por otras. Es el caso de los disquetes, o de las cintas de vídeo; están yendo todas a la basura, sin que nadie tome medidas. Las cintas de vídeo, en último caso, son un combustible sólido, que en las mejores condiciones de control de emanaciones se podrían quemar y aprovechar”.

Aunque está de acuerdo en que muchos países han tomado medidas eficaces para reutilizar su producción tecnológica, Montero incide en que el reciclado está lejos de ser la solución. “Es un método puramente paliativo, no preventivo. El impacto ambiental de los aparatos eléctricos y electrónicos, de los semiconductores, es brutal, y no puede seguir a ese ritmo”. Un cambio en el comportamiento general podría ser un remedio más eficaz que pensar en el reciclaje como un curalotodo: “En el diseño que tenemos ahora mismo los equipos no son reparables, ni siquiera se ha pensado en repararlos. Necesitamos un rediseño que permita actualizarlos, que puedan vivir mucho más y amortizar su impacto ambiental, no un año o año y pico. Es un poco como la doctrina de Henry Ford: un coche para toda la vida y que fuera fiable. Habrá que volver a eso”. Él, para dar ejemplo, todavía trabaja en su despacho con un Pentium II. “Y sin ningún problema”, aclara.


Responses

  1. Trabajamos en una planta con una desfragmentadora de RAes, con las espumas de las neveras se hacen peles pero dejan residuos en forma de polvo, que aveces, haciendo limpiezas, quedan suspendidos en ell aire, ¿pueden ser peligrosas? Un saludo y gracias de todos modos.


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